SALUS CUM LUCE FIDEI
Bajo un cielo de plomo, donde los horizontes se fundían en sombras interminables, Corvix extendía sus alas sobre la Llanura Santa (sanctus patet). Los cuervos eran considerados mensajeros de lo invisible, pero él ansiaba algo más que sobrevolar enigmas: quería comprender la Luz que, según susurraban los viejos robles, había derrotado a las tinieblas eternas.
Una noche, mientras las estrellas titubeaban tras una bruma espesa, Corvix observó a Vulpis, el zorro astuto. El animal encendía fogatas efímeras con ramas secas, creyendo que su ingenio bastaría para ahuyentar el frío. "La razón es mi antorcha", proclamaba, mientras las llamas se apagaban, dejándolo tiritando. Corvix graznó una advertencia: ¿De qué sirve una luz que no cala el hueso? Vulpis gruñó, defendiendo su lógica frágil, hasta que el hielo cubrió sus huellas.
Al alba, la cornamenta de Cervus, el venado anciano, brillaba bajo el sol. Su clan danzaba en círculos, rindiendo culto al astro. "Él nos guía", repetían. Pero cuando el sol se ocultó tras las montañas, Cervus tropezó en un barranco. "Nuestra luz es infiel", confesó con amargura. Corvix comprendió: adorar lo que nace y muere cada día dejaba el alma en penumbra.
Fue entonces que un aullido desgarró el crepúsculo. Lupa la Loba, líder de su manada, vagaba entre rocas afiladas. "Todo es caos", gemía. Había renunciado a buscar senderos, creyendo que la libertad era caminar sin brújula. Sus ojos, antes fieros, ahora reflejaban el vacío de quien teme su propia sombra. Corvix sintió el peso de aquellas palabras: sin una Luz mayor, el futuro era un abismo que devoraba esperanzas.
Una madrugada, mientras volaba sobre un páramo de sanctus patet, Corvix divisó una figura entre los juncos. Era un ciervo albino, cuyos ojos irradiaban una claridad que no lastimaba. Sus patas estaban heridas, pero su presencia era serena, como si las cicatrices fueran parte de un designio. "¿Eres el Sol Invicto del que hablan los viejos?", preguntó el cuervo. La criatura alzó la cabeza:
—Yo soy la Luz que no nace ni muere. Los que me siguen no temen a la noche, porque llevan mi fuego dentro.
Corvix sintió que sus plumas se estremecían. Aquella Luz no cegaba: abrazaba. El ciervo continuó:
—Hubo quienes me llamaron locura… Pero mira.
Con un gesto, la niebla se disipó. Corvix vio a Vulpis compartiendo brasas que nunca se extinguían; a Cervus guiando a su manada bajo la luna; incluso a Lupa, cuyos aullidos se habían convertido en cantos que trazaban rutas seguras. La Luz no era un reflejo lejano: era un latido que transformaba desde adentro.
—¿Cómo encontrarlos? —preguntó el cuervo, sintiendo que su voz ya no era la misma.
—No se trata de buscar, sino de recibir —respondió el ciervo—. Deja que esta Luz habite en ti, y verás lo invisible.
Al decirlo, una chispa dorada surgió de su pecho y se posó en Corvix. El cuervo no sintió peso, sino una expansión, como si sus huesos se hicieran cielo. Cuando alzó el vuelo, comprendió que la verdadera Luz no compite con la oscuridad: la transfigura.
Años después, las criaturas de la llanura sanctus patet, cuentan que un cuervo de ojos dorados sobrevuela los territorios más hostiles. Donde pasa, las madrigueras olvidadas florecen, los ríos secos recuperan su canto, y hasta las piedras parecen susurrar que hubo Alguien que convirtió el miedo en camino.
Corvix ya no busca respuestas. Es mensajero de una paradoja: la Luz más grande anida en lo pequeño, y solo cuando dejamos de aferrarnos a nuestras propias antorchas, descubrimos que el Amor es un sol que no conoce ocaso.
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En las llanuras de la vida, muchos somos Vulpis, Cervus o Lupa: creyendo que nuestra razón, tradiciones o desencanto nos salvarán. Pero Corvix nos recuerda que la fe no es una jaula, sino alas. No se trata de renunciar a volar, sino de entender que el viento que nos sostiene es el mismo que ilumina los abismos. ¿Qué luz eliges llevar dentro?
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