LA LOCURA DE NO PODER RECORDAR
En el Valle de las Voces, un paraje extenso y surreal donde el tiempo parecía derramarse como tinta sobre un pergamino antiguo, vivía Corvix. No era un cuervo ordinario. En sus ojos se reflejaban galaxias de recuerdos ajenos, y su plumaje negro celeste contenía las sombras de incontables historias olvidadas.
Corvix había hecho del valle su refugio, un lugar habitado por almas errantes que susurraban fragmentos de sus recuerdos pasados al viento. Allí, el recuerdo era una moneda de cambio, una joya preciosa y también una maldición. Corvix recolectaba estos retazos de memoria, guardándolos en una cueva secreta que llamaba "El Archivo de los Susurros".
Una tarde, mientras volaba sobre el valle, escuchó un eco familiar: una risa infantil que le heló el alma. Se detuvo en seco y siguió el sonido hasta un rincón que nunca había explorado. Allí se erigía una estructura ruífosa, un edificio que parecía desmoronarse bajo el peso de sus propios secretos. La fachada desvencijada llevaba un letrero que decía "La Castañeda".
Corvix entró con cautela. Dentro, las paredes susurraban historias de locura, angustia, alegría y olvido. Era un manicomio del siglo XX olvidado por el tiempo, un lugar donde las almas se habían perdido en un laberinto de memorias difusas. Una voz suave y temblorosa emergió de las sombras: “¿También buscas respuestas, viajero?”. Corvix giró su cabeza y encontró a una anciana de mirada perdida, que sostenía una flor marchita.
“Los recuerdos son traicioneros,” dijo la anciana. “Aferrarse a ellos es como intentar construir un castillo en la arena. Cuanto más luchas por mantenerlos, más se disuelven.” Corvix, conmovido, recordó que él mismo había olvidado su propio pasado, enredado en la búsqueda de historias ajenas.
Al salir de La Castañeda, el cuervo se dio cuenta de que la memoria colectiva del valle también se desvanecía. Las almas, en su afán por recordar, habían creado un caos que amenazaba con consumirlo todo. Entonces, Corvix tomó una decisión: usaría su poder para preservar lo esencial, dejando que el resto se perdiera como hojas en el viento.
Desde ese día, Corvix se convirtió en el guardián del Valle de las Voces, uniendo los hilos de las historias para que no se borraran del todo, pero también aceptando que la locura y el olvido no siempre eran obstáculos, sino parte del ciclo natural de la memoria.
Comprendió que la locura no era del todo opuesta a la razón, sino un reflejo distorsionado de ella, como un espejo fragmentado que muestra verdades ocultas tras su superficie. En aquel manicomio ruinoso, las voces no eran meros ecos de desequilibrio, sino preguntas al pasado que desvelaban la fragilidad de la modernidad. Y así, Corvix reconoció que la razón y la locura danzaban juntas, creando el equilibrio precario sobre el que descansaban las almas del valle.
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