SALUS CUM LUCE FIDEI
B ajo un cielo de plomo, donde los horizontes se fundían en sombras interminables, Corvix extendía sus alas sobre la Llanura Santa (sanctus patet). Los cuervos eran considerados mensajeros de lo invisible, pero él ansiaba algo más que sobrevolar enigmas: quería comprender la Luz que, según susurraban los viejos robles, había derrotado a las tinieblas eternas. Una noche, mientras las estrellas titubeaban tras una bruma espesa, Corvix observó a Vulpis , el zorro astuto. El animal encendía fogatas efímeras con ramas secas, creyendo que su ingenio bastaría para ahuyentar el frío. "La razón es mi antorcha", proclamaba, mientras las llamas se apagaban, dejándolo tiritando. Corvix graznó una advertencia: ¿De qué sirve una luz que no cala el hueso? Vulpis gruñó, defendiendo su lógica frágil, hasta que el hielo cubrió sus huellas. Al alba, la cornamenta de Cervus , el venado anciano, brillaba bajo el sol. Su clan danzaba en círculos,...