El Espejo de las Horas Fracturadas
Corvix abrió sus alas al alba, como cada día desde que recordaba. Pero aquella mañana, el bosque olía a estática, a ecuaciones rotas. En la rama de un roble milenario, encontró un espejo. No era un espejo cualquiera: su superficie era líquida, negra como el vacío entre las estrellas, y reflejaba no su imagen, sino un enjambre de futuros posibles. Corvix, cuervo de plumas iridiscentes y mirada filosófica, había aprendido a hablar con las sombras. Las ardillas le contaban historias de nueces que rodaban hacia agujeros de gusano; los zorros murmuraban sobre el Tiempo, ese depredador que mordisquea los relojes. Pero el espejo era distinto. Al posar su pico sobre él, Corvix vio Una ciudad devorada por enredaderas digitales, donde algoritmos que se autodestruían al alcanzar su propósito. Rodeada de Un bosque cristalizado, donde los árboles crecían retorcidos en espirales infinitas. Y fragmentos de Un desierto donde los sueños humanos se convertían en piedras, y Corv...